Bostezar es un gesto universal que realizan los seres humanos y numerosos animales, desde mamíferos hasta aves. Durante décadas se asoció únicamente con el sueño o el aburrimiento, pero la ciencia moderna ha demostrado que el bostezo cumple funciones neurológicas complejas relacionadas con el funcionamiento del cerebro.
Una de las teorías más aceptadas es la conocida como la hipótesis de la termorregulación cerebral. Investigaciones publicadas en la revista científica Psychological Science sostienen que el bostezo ayuda a reducir la temperatura del cerebro. Al abrir la boca y realizar una inspiración profunda, se incrementa el flujo sanguíneo y se facilita la entrada de aire frío, lo que contribuye a mantener el cerebro en un estado óptimo de funcionamiento.
Este mecanismo explicaría por qué bostezamos con mayor frecuencia en situaciones de fatiga mental, estrés o antes de tareas que requieren concentración. El bostezo actuaría así como un sistema de reajuste cognitivo, mejorando temporalmente la atención y el estado de alerta.
Qué ocurre en el cerebro cuando bostezamos
Estudios neurocientíficos han demostrado que durante el bostezo se activan regiones cerebrales relacionadas con la atención y el control ejecutivo, como la corteza prefrontal. Además, se liberan neurotransmisores como la dopamina, que están vinculados a la motivación y la regulación del estado de ánimo.
Una investigación publicada en Frontiers in Neurology indica que la frecuencia del bostezo puede variar según factores como la edad, la hora del día y el nivel de activación cerebral, lo que refuerza la idea de que se trata de un fenómeno estrechamente ligado a la actividad neurológica.
El misterio del bostezo contagioso
Uno de los aspectos más fascinantes del bostezo es su carácter contagioso. Ver, escuchar o incluso leer sobre bostezos puede desencadenar este reflejo. Según estudios publicados en Proceedings of the Royal Society B, este fenómeno está relacionado con la empatía y la capacidad del cerebro para imitar inconscientemente el comportamiento de otros.
Las investigaciones sugieren que las personas con mayores niveles de empatía tienden a ser más susceptibles al bostezo contagioso, mientras que este efecto es menor en niños pequeños o en individuos con determinados trastornos neurológicos. Esto ha llevado a los científicos a considerar el bostezo como una herramienta de sincronización social dentro de los grupos.
Mucho más que una señal de cansancio
Lejos de ser un simple signo de sueño, el bostezo se perfila como un indicador del estado interno del cerebro. Su presencia puede reflejar cambios en la activación mental, la necesidad de mantener el equilibrio térmico cerebral o incluso la conexión emocional con otras personas.
Aunque todavía existen incógnitas por resolver, la evidencia científica actual confirma que bostezar es un comportamiento clave para la regulación cerebral y social, demostrando que uno de los gestos más cotidianos del ser humano encierra una complejidad mucho mayor de lo que aparenta.




