Morir durante 40 minutos y volver no es algo que encaje fácilmente en la lógica cotidiana. Sin embargo, eso es lo que le ocurrió a Patrick Charnley, un abogado corporativo que a los 39 años sufrió un paro cardíaco repentino y estuvo clínicamente muerto durante tres cuartos de hora.
En plena pandemia, trabajaba largas jornadas y consideraba el descanso como tiempo perdido. Padre de dos hijos y en buena forma física, nada hacía prever que una noche cualquiera, mientras cenaba en el sofá, terminaría desplomándose inconsciente. Una enfermedad hereditaria provocó que su corazón dejara de latir.
Su esposa comenzó a practicarle reanimación cardiopulmonar (RCP) de inmediato, mientras sus hijos salían a pedir ayuda. Los paramédicos intentaron varias descargas con el desfibrilador sin éxito.
Cuando la situación parecía irreversible, administraron inyecciones de adrenalina como último recurso. Tras múltiples intentos, su corazón volvió a latir. Había estado clínicamente muerto durante 40 minutos.
“Desperté ciego”
Una semana después, salió del coma. Su primer recuerdo fue desconcertante. “Desperté ciego”, explicó. Durante los primeros días no lograba conectar con lo que percibía. La pérdida repentina de visión provocó intensas alucinaciones, un fenómeno conocido como síndrome de Charles Bonnet, en el que el cerebro intenta compensar la falta de información visual.
Algunas visiones fueron aterradoras. En una ocasión llegó a convencerse de que una enfermera intentaba matarlo tras una cirugía a corazón abierto. Otras, sin embargo, le transmitían calma. En una de ellas se veía en un sanatorio en los Alpes, observando montañas nevadas y sintiendo una profunda sensación de seguridad.
Con el tiempo recuperó parcialmente la vista, aunque describe su visión actual como si mirara a través de un telescopio. Los médicos confirmaron que el problema no estaba en sus ojos, sino en una lesión cerebral causada por la falta de oxígeno.
Memoria dañada y fatiga constante
Las primeras pruebas cognitivas lo situaron en el 2% más bajo en memoria y velocidad de procesamiento. Aunque ha mejorado, todavía tiene dificultades para retener información inmediata. Además, sufre una fatiga persistente. “Nunca me despierto renovado. Me despierto agotado todos los días”, ha contado.
También atravesó una etapa de profunda apatía. No era exactamente depresión, sino una sensación de desconexión. La terapia y la medicación le ayudaron a aceptar la pérdida de su antigua vida y a adaptarse a su nueva realidad.
Una nueva perspectiva
Lejos de querer volver atrás, asegura que no cambiaría lo sucedido. Dejó su carrera como abogado y se reinventó como escritor. Vive más despacio, no por elección sino por necesidad, pero afirma que ahora aprecia detalles que antes ignoraba.
“Me siento agradecido de estar vivo”, ha señalado. Su relación con su familia se ha fortalecido. Disfruta estar en casa cuando sus hijos regresan del colegio y no vivir con la presión constante del trabajo. Reconoce que su esposa se ha convertido en su apoyo esencial, incluso en su memoria externa, pero considera que la experiencia los ha unido más.
Estuvo muerto durante 40 minutos. Perdió parte de su visión y de su memoria. Pero, según él mismo resume, ganó algo que antes no tenía: tiempo real para vivir.
Después de haber estado al borde de la muerte, su mayor aprendizaje no tiene que ver con el éxito, sino con algo mucho más sencillo: el valor del tiempo compartido.




