En el mundo existen aeropuertos gigantescos con varias terminales y millones de pasajeros al año. Pero también existe el extremo opuesto. En una pequeña isla del Caribe opera el que está considerado el aeropuerto más pequeño del mundo donde despegan vuelos comerciales.
Su pista es tan corta que muchos pilotos lo describen como uno de los aterrizajes más exigentes del planeta.
Se trata del Aeropuerto Juancho E. Yrausquin, ubicado en la isla de Saba, un territorio especial de los Países Bajos en el Caribe.
Con una pista de apenas 400 metros de longitud, este aeródromo se ha convertido en una referencia mundial tanto por sus limitaciones técnicas como por la experiencia única que ofrece a los pasajeros.
Una pista entre acantilados y mar abierto
El aeropuerto está situado en un entorno espectacular pero desafiante. La pista se encuentra en una franja de terreno rodeada por el mar en tres de sus lados y por colinas volcánicas en el cuarto. No hay margen de error. Los pilotos deben realizar aproximaciones precisas y descensos controlados al milímetro.
Según explica el propio gobierno de Saba en su web oficial, solo determinadas aeronaves con certificación especial pueden operar en este aeropuerto debido a la longitud limitada de la pista y a las condiciones meteorológicas cambiantes de la zona.
La pista 12/30 del aeropuerto es considerada la pista comercial más corta del mundo. A diferencia de otros aeropuertos pequeños que solo reciben vuelos privados, aquí sí operan vuelos comerciales regulares, principalmente hacia y desde la isla de San Martín.
Qué tipo de aviones pueden aterrizar
No cualquier aeronave puede aterrizar en Saba. Las operaciones están limitadas a aviones de despegue y aterrizaje corto, conocidos como STOL (Short Takeoff and Landing). La aerolínea regional Winair es la principal operadora de rutas hacia la isla.
Los modelos más habituales son el De Havilland DHC-6 Twin Otter y otros aviones turbohélice de pequeño tamaño, con capacidad aproximada para 15 a 20 pasajeros. Estos aviones están diseñados específicamente para operar en pistas extremadamente cortas y en condiciones exigentes.
De acuerdo con datos publicados por la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), los aeropuertos con pistas inferiores a 800 metros requieren protocolos operativos especiales y entrenamiento adicional para las tripulaciones, algo que en Saba es obligatorio.
Una experiencia intensa para los pasajeros
Para quienes viajan por primera vez, la experiencia comienza incluso antes de despegar. La terminal es mínima: una pequeña sala de espera, un mostrador de facturación y una pista visible desde casi cualquier punto del recinto. No hay cintas de equipaje complejas ni grandes controles de seguridad.
El momento más impactante es el aterrizaje. Los pasajeros relatan que el avión parece descender directamente hacia el mar antes de tocar tierra en los últimos metros disponibles. La frenada es inmediata y contundente. Todo ocurre en cuestión de segundos.
“Es como aterrizar en un portaaviones en medio del Caribe”, describen algunos viajeros en reseñas publicadas en portales especializados de aviación.
El despegue tampoco se queda atrás. Los motores aceleran al máximo desde el primer instante y el avión recorre la pista completa antes de elevarse sobre el océano. La sensación de potencia concentrada y la proximidad del mar hacen que el trayecto sea inolvidable.
Historia de un aeropuerto improbable
Durante años se creyó que construir un aeropuerto en Saba era imposible debido a su relieve montañoso y a la falta de terreno plano. Sin embargo, en la década de 1950 se identificó una pequeña meseta natural llamada Flat Point que podía adaptarse como pista.
El aeropuerto fue inaugurado oficialmente en 1963 y desde entonces ha operado sin interrupciones significativas. Su nombre honra a Juancho E. Yrausquin, ministro de Finanzas de las Antillas Neerlandesas que apoyó su construcción.
A pesar de su tamaño reducido, cumple con normativas internacionales y dispone de torre de control, servicios básicos contra incendios y sistemas de comunicación homologados. La seguridad es prioritaria, y los registros muestran que su historial operativo es sólido dentro de los estándares regionales.
Un símbolo turístico y económico
Más allá de la curiosidad técnica, el aeropuerto es vital para la economía local. Saba es una isla de apenas 2.000 habitantes y el transporte aéreo es fundamental para el turismo, el suministro de bienes y la conexión sanitaria con otras islas.
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Hoy, el aeropuerto más pequeño del mundo no solo es una rareza aeronáutica. Es una infraestructura clave que demuestra cómo la ingeniería y la planificación pueden adaptarse a entornos extremos. Y para quienes se atreven a volar hasta allí, la experiencia empieza mucho antes de llegar al destino.




