Con la llegada del invierno, muchas personas notan un aumento del apetito y una mayor inclinación por alimentos calóricos y reconfortantes.
Lejos de ser una simple percepción o un hábito cultural, la ciencia ha estudiado este fenómeno y apunta a una combinación de factores fisiológicos, hormonales y ambientales que ayudan a explicar por qué el hambre parece intensificarse durante los meses fríos.
El frío y el gasto energético del cuerpo
Una de las principales hipótesis científicas se basa en la necesidad del organismo de mantener la temperatura corporal cuando el ambiente es más frío. El cuerpo humano activa mecanismos de termorregulación que requieren energía, lo que puede traducirse en un aumento del gasto calórico diario.
En este contexto, algunos investigadores señalan que el organismo puede enviar señales de hambre como forma de compensar ese gasto adicional.
Aunque el incremento no siempre es elevado en condiciones cotidianas, sí puede contribuir a una mayor sensación de apetito, especialmente en personas expuestas de forma prolongada al frío.
El papel de la grasa parda y la termogénesis
La ciencia también ha puesto el foco en la llamada grasa parda, un tipo de tejido adiposo que se activa con el frío y cuya función principal es generar calor.
A diferencia de la grasa blanca, la grasa parda quema energía para producir calor corporal, un proceso conocido como termogénesis.
Al activarse este mecanismo durante el invierno, el cuerpo puede incrementar su demanda energética, lo que podría influir indirectamente en el apetito y en la frecuencia con la que sentimos hambre.
Menos luz solar y cambios hormonales
Otro factor clave es la reducción de la exposición a la luz solar. Los días más cortos afectan a la producción de determinadas hormonas y neurotransmisores relacionados con el apetito y el estado de ánimo.
La serotonina, vinculada a la sensación de bienestar y saciedad, puede disminuir cuando hay menos horas de luz. Esto puede provocar una mayor búsqueda de alimentos ricos en carbohidratos.
Al mismo tiempo, las hormonas que regulan el hambre y la saciedad, como la ghrelina y la leptina, pueden experimentar variaciones estacionales, aunque sus efectos no son idénticos en todas las personas.
Actividad física y rutinas invernales
Durante el invierno también se producen cambios en el estilo de vida. El frío y las condiciones meteorológicas adversas reducen la actividad física, lo que puede alterar el equilibrio entre el gasto energético y la ingesta diaria.
A esto se suma que el invierno suele asociarse a comidas más abundantes y a reuniones sociales en torno a la mesa, lo que refuerza la percepción de tener más hambre y normaliza un mayor consumo calórico.
Qué dicen los estudios científicos
La evidencia científica no es completamente uniforme, pero sí existen investigaciones que analizan la relación entre estación del año, apetito e ingesta energética. Un estudio publicado en la revista científica Nutrients observó que, en determinados grupos de población, la ingesta energética era mayor en invierno que en verano, mientras que la actividad física tendía a disminuir.
Los autores concluyen que los cambios estacionales influyen en el comportamiento alimentario a través de múltiples factores biológicos y ambientales, lo que respalda la idea de que el aumento del hambre en invierno tiene una base científica.
Una respuesta natural del organismo
En conjunto, los expertos coinciden en que sentir más hambre en invierno es el resultado de una respuesta natural y adaptativa del organismo al frío, a la menor luz solar y a los cambios en la rutina diaria.
Comprender estas causas puede ayudar a gestionar mejor la alimentación durante los meses fríos, apostando por una dieta equilibrada que responda a las necesidades reales del cuerpo sin caer en excesos innecesarios.




