Dormir con un peluche, una costumbre asociada tradicionalmente a la infancia, está ganando terreno entre los adultos. Lejos de ser una anécdota aislada, diversos estudios y reportajes publicados en medios internacionales apuntan a un aumento significativo de este hábito en los últimos años, especialmente tras la pandemia.
Lo que para algunos puede parecer extraño o incluso infantil, para otros se ha convertido en una forma sencilla y eficaz de mejorar el descanso, reducir la ansiedad y conciliar el sueño. Psicólogos y expertos en salud mental coinciden en que el fenómeno refleja cambios profundos en la forma en que los adultos gestionan el estrés y las emociones.
Un fenómeno en crecimiento silencioso
Encuestas recientes citadas por grandes medios internacionales revelan que un porcentaje cada vez mayor de personas adultas reconoce dormir con un objeto blando, ya sea un peluche, un cojín con forma humana o una manta especial. En algunos países occidentales, la cifra supera ya uno de cada cuatro adultos.
La tendencia se ha hecho más visible en los últimos años, coincidiendo con un contexto marcado por la incertidumbre económica, el aislamiento social y el aumento de los problemas de salud mental. Para muchos, el peluche actúa como un elemento de seguridad emocional en un entorno percibido como inestable.
El papel del consuelo emocional
Desde la psicología se explica que los objetos blandos pueden activar una sensación de calma similar a la que proporciona el contacto físico. Abrazar un peluche durante la noche ayuda a reducir la activación del sistema nervioso, facilitando la relajación y el sueño profundo.
Los especialistas señalan que no se trata de una regresión infantil, sino de una estrategia adaptativa. En ausencia de contacto humano suficiente o en momentos de alta carga emocional, el cerebro busca alternativas que transmitan seguridad.
No es inmadurez, es autorregulación emocional en un mundo cada vez más estresante.
La pandemia como punto de inflexión
Muchos expertos sitúan la pandemia como un detonante clave. El confinamiento, la soledad y el miedo generalizado hicieron que muchas personas buscaran nuevas formas de consuelo. Dormir con un peluche se convirtió en una rutina reconfortante que, en muchos casos, se ha mantenido con el paso del tiempo.
Además, el auge del teletrabajo y los cambios en los horarios han alterado las rutinas de sueño. En este contexto, cualquier elemento que ayude a mejorar la calidad del descanso ha ganado protagonismo.
Un hábito que rompe estigmas
Durante décadas, admitir que un adulto duerme con un peluche estaba socialmente mal visto. Sin embargo, la normalización del cuidado de la salud mental ha contribuido a romper estigmas. Cada vez más personas hablan abiertamente de sus rutinas nocturnas sin vergüenza.
Las redes sociales también han jugado un papel relevante. Testimonios virales y conversaciones abiertas han ayudado a visibilizar el hábito y a presentarlo como algo común y legítimo.
¿Tiene efectos negativos?
Según los expertos, dormir con un peluche no tiene efectos negativos siempre que no sustituya por completo la interacción social o se convierta en una dependencia extrema. En la mayoría de los casos, se trata simplemente de un apoyo emocional puntual.
De hecho, algunos terapeutas lo recomiendan en situaciones concretas, como duelos, ansiedad nocturna o insomnio, especialmente cuando la persona vive sola.
Una señal de los tiempos actuales
El auge de este hábito dice mucho sobre la sociedad contemporánea. En un mundo hiperconectado pero emocionalmente distante, pequeños gestos como abrazar un peluche antes de dormir reflejan una búsqueda de calma, seguridad y autocuidado.
Lejos de ser una moda pasajera, todo apunta a que esta costumbre seguirá creciendo como parte de una conversación más amplia sobre bienestar emocional y descanso. Dormir bien ya no es un lujo, y cada persona encuentra su propia forma de conseguirlo.




